Otra parte muy importante de mi vida son mis sobris.
Me encanta rodearme de ellos, compartir momentos, risas, juegos…
Tengo 10 (casi 11) y para mí cada uno es único e irrepetible. Cada sonrisa, cada gesto, cada mirada tiene algo especial… a veces los miras y piensas “madre mía, cómo se parece a su madre”, a una de mis hermanas, y se te despierta una mezcla de ternura y cuidado difícil de explicar.
A unos los veo más, a otros menos —no por falta de ganas, sino por la logística, el tiempo, la vida—, pero con todos siento una conexión muy fuerte.
Recuerdo cuando fueron llegando…
Las dos primeras fueron niñas. En mi familia siempre hemos sido muchas mujeres: mi padre solo tenía hermanas y mi madre, que siempre había querido un niño, bromeaba diciendo que era una “maldición”, que siempre estaríamos rodeadas de chicas… y soltó un “bueno… la vamos a tener que querer”. Sé que era una broma, con ese humor tan suyo, porque todos y cada uno han sido siempre profundamente queridos.
Cuando nació el primer niño, Fernando, con esa sonrisa que le ilumina la cara, fue divertidísimo. La gente por la calle felicitaba a mi madre: “¡Por fin un niño en la familia!”.
Ahora la balanza está bastante equilibrada… bueno, Coral hará que vuelva a ganar el equipo chicas, pero no pasa nada 😊
Qué bonito es compartir ratos con ellos.
Esa manera que tienen de mirarte, de hacerte sentir especial. Quieren enseñarte sus cosas, contarte sus primeros amores, construir algo contigo, hacer una manualidad… y tú estás ahí, compartiendo.
Y yo disfruto.
Saboreo cada momento, porque sé que es especial, único… nuestro.
Y pienso también en quienes no tenéis sobris. Sé que puede ser doloroso si os gustan los niños tanto como a mí. Pero siempre hay formas: ser “tía postiza” del hijo de una amiga, implicarte como voluntaria en una ONG… el cariño no entiende de etiquetas.
Yo, de momento… con 11 tengo más que suficiente 😉






