13 de febrero de 2026

Cuando las noticias te saturan...

Últimamente no sé qué me pasa… las noticias me saturan. Me encanta estar informada, pero siento demasiado cercano el sufrimiento ajeno.

Es una mezcla de querer saber y no dejar que me afecte demasiado.

A veces intento “enterarme a la distancia”, no recrearme en las catástrofes, o decido un día no ver el telediario si ha pasado algo que no puedo ni mirar.

Mi madre decía un día: “No es noticia que una madre le haya preparado la comida favorita a su hija, o que un hermano te haya compartido la última galleta y detalles así”.

Y la verdad es que tiene razón. Los pequeños gestos cotidianos también importan y nos recuerdan que la vida tiene cosas bonitas.

En esos días que me levanto más sensible, me dedico a otras cosas: leer, escuchar música, dar un paseo, unas risas, hacer manualidades o incluso ordenar mi cuarto…

Son pequeñas maneras de recargarme y reconectar conmigo misma.

Y a vosotros, ¿también os pasa? ¿Qué hacéis para llevarlo mejor? ¡Contadme, os leo!




6 de febrero de 2026

Cuando la vida reescribe...

Algunas veces me pongo a releer alguna de mis entradas… y pienso:
“¿Pero eso lo he escrito yo?”

Seguro que si volviera a intentarlo no saldría igual… ¿mejor… peor? No lo sé, solo… distinto.

Y eso pasa muchas veces.
Me ocurre con los libros que releo: cada vez descubres cosas nuevas.
O con una película que has visto mil veces, pero una tarde te fijas en un matiz diferente…

¿La peli o el libro son los mismos?
Claro que sí.
Pero según tu momento vital o tu estado de ánimo, tiendes a fijarte más en unas cosas que en otras.

Por eso pensaba…
A veces, como con mis escritos, empiezas uno y te sale del tirón.
Y otras veces escribes algo, pero no le das a guardar… y se borra, se pierde.
Y como tienes la idea en la cabeza, intentas volver a hacerlo igual… pero no lo consigues.
Le añades matices o palabras que quizá no estaban en la primera versión…pero que, en ocasiones, incluso lo enriquecen.

Y en la vida… ¿no nos pasa igual?
Cosas que creíamos que eran buenas para nosotros… y cambian.
O aparecen otras que, sin esperarlo, resultan incluso mejores.
Amistades que no terminan de encajar… y que, al soltarlas, dejan espacio para otras que sí.

Pensarlo…
A veces lo “no de siempre” viene cargado de sorpresas, emoción y sensaciones nuevas… quizá mejores… quizá no… pero eso es una elección personal.


5 de febrero de 2026

Sentirse gigante, sentirse diminuta

Me encanta la Naturaleza.
Los ríos, los mares, las montañas, los bosques… una cascada, el viento en la cara, pasear bajo la lluvia… todo!!!.

Ver una puesta de sol era mi pasatiempo favorito en aquellas tardes de Cádiz, cuando paseábamos por la orilla esperando a que el sol se escondiera.
Subir una montaña —aunque me cueste— te hace sentir enorme, una sensación de plenitud que pocas cosas en la vida lo igualan.
Y encontrarte una cascada en el camino… eso es una de mis debilidades secretas. 😍

Observarla y permitirte didfrutar de ella nos trae muchos beneficios.
A mí ,por ejemplo, me encanta dar un paseo cuando hace bueno por un parque que hay cerca de mi casa, es mi rinconcito dentro de la Ciudad.
O ir al Retiro, uno de mis sitios preferidos con sus rincones escondidos...esos donde nadie va..y dónde un libro, el paisaje y tú sois la mejor compañia.

Y cuándo los árboles se tiñen de otoño... ay, esos colores me enamoran. 
Todas las estaciones tienen algo especial, mágico... pero esos tonos transmiten una calidez que es iniagulable.

Pero esta mañana pensaba cuándo hay una borrasca importante, un tornado, una erupción y hasta un tsunami... que pequeñitos nos puede hacer sentir!!!!

Cuando la Naturaleza se hace gigante, asusta... ya no es tan fácil convivir ni disfrutar de ella.
Y ahi... ahí es cuándo nos sentimos pequeñitos, vulnerables.



 


4 de febrero de 2026

Viajar te hace más grande

Cuántas entradas de mi blog hablan de viajes, de estaciones, de experiencias viajando… pero nunca me había detenido a pensar en la importancia de que viajar te hace mejor: te hace valorar lo que tienes, te hace superarte y te permite vivir experiencias nuevas que quizás antes ni te habías planteado.

Yo veo los viajes como mirar la vida a través de la cámara y dejar que la gente que los habita te cuente su historia: qué les gusta, qué sueñan, cómo viven.

Recuerdo mil y un detalles de superación en mis viajes:

*Cambridge: allí todo el mundo se movía en bici. Hacía años que yo no montaba, pero tras alguna caída que otra, logré coger la bici todos los días… ¡y además me gustaba!

Y los Pipis (sí, lo recuerdo con horror): la limpieza a veces brilla por su ausencia, así que fui a una tienda y, con mi inglés del cole, conseguí comprarme una buena loción para acabar con esos bichitos que odio.

*Egipto: cruzar la calle era todo un reto; sin semáforos y con el tráfico que hay, ¡una auténtica locura!

I*ndia: fuimos un poco locas; al llegar al hotel, decidimos coger el metro solas y explorar el centro de la ciudad.

*Venecia: llegamos tarde y estaba oscuro; encima no encontrábamos nuestro hotel. Decidimos que, aunque tuviéramos que pasar la noche con la maleta a cuestas, dormiríamos calentitas… ¡y lo hicimos!

*Marrakech: en lugar de quedarnos en el hotel mientras las demás se arreglaban, nos fuimos a dar una vuelta por el Zoco y aprovechar cada instante.

Podría seguir contando recuerdos durante horas, pero lo que quiero recalcar es esto: viajar nos abre el mundo y nos brinda muchos caminos de superación.

Y vosotros, ¿dejáis que el país o el destino os sorprenda? ¿Os permitís algún pequeño reto? Contadme, yo os leo y contesto.




Valentia inesperada

A veces nosotros mismos nos ponemos trabas: límites, inseguridades que nos acompañan y que no nos dejan respirar.

Y, sin embargo, en situaciones extremas —o cuando olvidamos nuestros miedos— sacamos fuerzas de no se sabe dónde y actuamos: bien, mal, regular… da igual… ¡actuamos!

Recuerdo una anécdota de pequeña. Mi madre se había ido de convivencia y nos habíamos quedado cada una en una casa distinta (Elena, que es la más peque, todavía no había nacido). Las cuatro dormíamos con una amiga de nuestra madre, pero por la tarde, a veces, íbamos a casa a recoger algo.

Ese día estaba con mi hermana Lauri; íbamos a casa y se suponía que ella se quedaba allí estudiando mientras yo asistía a mi clase de inglés.

Al llegar, veo que la puerta no estaba echada con llave. Yo era la mayor y tenía que dar seguridad, pero por dentro temblaba (soy bastante miedosa), y le pregunto:

—Lauri, ¿cómo dejamos ayer la puerta?

Ella me contesta insegura, como que no entiende, y dice: “cerrada”.

Tomo el control y le digo:

—Vale, no te asustes, pero creo que hay alguien…

Sin pensarlo y sin dejar que entrara, reviso toda la casa… rezando por no encontrarme a nadie, aunque en realidad no pensaba en eso; mi instinto era proteger a mi hermana.

Ella me esperaba fuera. Salgo y le digo:

—No hay nadie, puedes entrar…

Pero ella no quería; normal, le daba miedo.

Decidimos que se quedara en casa de la vecina y yo me marcho a mi clase de inglés.

La explicación fue muy lógica: otra hermana, Bego, se había pasado a mediodía a por unos libros y no había cerrado con llave.

Y a vosotros, ¿os ha pasado alguna situación parecida en la que hayáis dejado atrás vuestros miedos para ayudar o proteger a los demás?




Una frase para pensar...

Hoy sólo me paso por aquí para dejaros esta frase,.. no necesita explicaciones...no necesita más.... solo sentirla e intentar poner nuestro granito de arena.

"Si pintamos un pequeño trozo de blanco, ya habrá menos pared negra pero si entre todos pintamos el fragmento que nos ha correspondido al final el negro dejara de existir..." 

Jaume Sanllorente "Sonrisas de Bombay"


Salir de lo conocido...

Os cuento otra anécdota.. esta fue hace años...y con gente diferente que ya no está en mi vida, y está bien... cada uno con su camino

Estaba en una discoteca con amigas cuando se me acercó un chico. No con intención de ligar —eso lo noté enseguida—, sino con ese aire de “nos hemos visto antes, ¿verdad?”. Y yo sentía exactamente lo mismo.

Nos pusimos a hablar. Intentamos encontrar el punto en común: el colegio, amigos compartidos, algún lugar… nada. Absolutamente nada.

Lo dejamos ahí. Yo tenía claro que no buscaba nada más, y él tampoco. Aunque mis amigas no entendían muy bien ese acercamiento sin segundas intenciones

Al día siguiente bajé al metro.

Y allí estaba.

De eso nos conocíamos. Nos miramos, nos reconocimos al instante y nos reímos. Y cada uno siguió con su vida.

Y no os ha pasado eso... que cuando algo cambia, te descoloca, no sabes bien ubicarlo, definirlo, darle su espacio. O cuándo algo es distinto o te genera sensaciones o sentimientos distintos a los que estabas acostunbrada... te sientes un poco perdida, y temes quizá explorar desde ese otro lugar.

Pues creo que hay que ser valientes. Que a veces lo nuevo, lo que no es "lo de siempre" nos puede mover, descolocar . Un poquito sí.. pero puede traer cosas positivas.. sólo hay que pensar en la famosa frase: sal de tu zona de confort.

Por hoy... ahí lo dejo.



Una anécdota con Rocio

Os cuento una anécdota muy divertida que me pasó con Rocío, de la que ya os hablé en otra de las entradas.

Ya veréis.

Era su cumpleaños y habíamos quedado a comer las tres: Elisa, Rocío y yo. Estábamos tranquilas, felices, compartiendo confidencias de esas que hacen que el tiempo pase sin darte cuenta.

Pero de pronto llegó la mala noticia: a Elisa le habían puesto una reunión de teletrabajo imposible de posponer. Así que decidimos aprovechar al máximo el rato con ella y acompañarla lo más cerca posible de su casa.

Paseábamos por calles bonitas, nuevas para mí… para nosotras. Y como soy curiosa por naturaleza, le dije a Rocío: —Oye, ¿y si nos damos una vuelta por aquí?

Ella aceptó encantada.

A lo lejos vimos una estantería solitaria en mitad de la calle, llena de libros. Libros viejos, de esos que parecen estar esperando una segunda oportunidad. Nos acercamos, empezamos a cogerlos, a comentarlos… Yo ya me había guardado dos en el bolso, mientras escuchaba atentamente a mi amiga hablarme de sus libros especiales, de por qué uno de ellos había sido tan importante para ella. No me importaba nada más.

Hasta que, de repente, oigo a Rocío hablar con alguien.

Y entonces caigo en la cuenta.

Los libros no eran gratis, como habíamos creído.

El tendero estaba allí, serio, mirándonos con una mezcla de “no entiendo nada” y enfado en la cara.

Nosotras, rojas como tomates, devolviendo los libros a toda prisa, entre risas nerviosas y bromas sobre que, si acabábamos en la cárcel, al menos nos librábamos de hacer la cena de Navidad.

Esa anécdota nos acompañará siempre.

Yo suelo ser bastante observadora, me fijo en los detalles, pero ese día me dejé llevar. Quería saber por qué ese libro había sido tan especial para mi amiga, qué historia había detrás.

No ha sido la única anécdota que nos ha pasado juntas. Ya podríamos contar unas cuantas. Pero en todas hay algo en común: las risas compartidas y ese sonrojo que últimamente ha decidido instalarse en mi cara.

¿Y vosotros?

¿Tenéis ese tipo de anécdotas que, solo con recordarlas, os hacen reír a carcajadas?

Si queréis, podéis contármelas.




Hola Bárbara!!

Suena el despertador… esa melodía que te arranca de los sueños más profundos.

Y pienso: cinco minutitos más, por favor.

Soy muy dormilona, lo reconozco… pero no. Toca levantarse.

Empiezo la rutina diaria: ventilar la cama, ducha, preparar el desayuno, coger la comida…

Y de pronto me acuerdo: hoy viene la quimio del hospital.

Desde la pandemia nos traen a casa la quimio que necesita mi padre (también tiene leucemia, el pobre). Pero hoy además es lunes, y los lunes viene Bárbara: le ducha y le acompaña al Centro de Día.

Sigo con mis cosas, voy con prisa porque ya me parece tarde…

Y suena el telefonillo.

Contesto con cariño, con cercanía, como todos los lunes, sin pensarlo: —¡Hola, Bárbara!

Pero oigo una voz que responde: —No… no soy Bárbara.

Ups.

Le digo que suba, me disculpo. Se ríe.

Era el chico de la quimio, que me dice: —No pasa nada, nunca me han saludado así.

Más risas. Le doy las gracias por traerla. Se va.

Mi madre y yo, a carcajadas.

Al rato suena otra vez el telefonillo.

Esta vez ya no me atrevo ni a contestar…

Pero sí, ahora sí: es Bárbara.

Se lo contamos. Más risas aún.

Y desde ese día se ha quedado como una broma cercana, muy nuestra.

Nuestro “Hola Bárbara!!”.




Las amistades que llegan para quedarse

Hay amistades que van creciendo poco a poco, casi sin darte cuenta, día a día... llegan despacio, un día cualquiera, casi al azar… pero tú sabes que se van a quedar.

Se van colando en tu vida sin hacer ruido y, cuando miras atrás, ya forman parte de ella. 

Amigas con las que sientes una conexión enorme aunque haga poco que os conozcáis. Porque habéis compartido tanto —y tan intenso, tan auténtico— que se vuelven importantes muy rápido.

Son apoyo. Y tú sientes que también lo eres para ellas.

Tu día ya no es igual sin el “buenos días, chicuelitas” de Ana, sin Elisa y su cariño y su cultura mexicana, de la que tanto aprendemos, o sin Rocío, con la que siempre hay buenos momentos, risas y confidencias.

Son esas personas que con una mirada te entienden. Con las que puedes ser tú. Meter la pata. Equivocarte. Y no pasa nada. Solo risas, más risas, aceptación mutua y anécdotas compartidas.

Os cuento algo.

Era mi cumpleaños. No me gusta ser la protagonista, pero sí me encanta juntar a mis amigas. Y este año me apetecía mucho compartirlo con ellas.

Pero el día empezó raro. Nevaba a ratos, dos venían en coche y yo no dejaba de preocuparme por el estado de las carreteras. Empezaron los mensajes, las dudas, el “¿por favor, decidme si la carretera está bien?”.

Y entonces mi madre estaba enfadada. Cansada. Harta.

Yo creo que superada por la situación que vivimos en casa. Y saltó. Me dijo: “Llevas toda la mañana pendiente del móvil y yo no puedo más”.

Y ahí me agobié. Tenía razón.

Yo quería seguir con el plan por ellas, no fallar, no echarme atrás… pero también veía que mi madre me necesitaba.

Y sin buscarlo, todo se recolocó.

Como no nos decidíamos esperando a las del coche, se fue haciendo tarde. Cada una tenía que organizar la comida en su casa y el plan pasó a la tarde: un margarita de mango en un sitio especial y bonito, y luego otra actividad a la que nos habíamos apuntado con un organizador que hace planes muy chulos.

Cuando llegué, pedí perdón.

Perdón por el caos, por los mensajes, por la desorganización.

Y Ana me dijo:

“Ni se te ocurra pedir perdón. Y menos por eso.”

Y ahí lo vi claro.

Ahí es donde están las buenas amigas. Las que, aunque no estén todos los días, te sostienen. Te ayudan. Te consuelan. Y hasta con una sonrisa te dicen: “Por ahí no, Patri.”

Gracias, gracias y gracias.

Vosotras sabéis quiénes sois. Me he permitido dar vuestros nombres solo para que podáis poner nombre —no cara— a esas amigas que, en mi vida, se están convirtiendo en imprescindibles.




Mis sobris...

Otra parte muy importante de mi vida son mis sobris.

Me encanta rodearme de ellos, compartir momentos, risas, juegos…

Tengo 10 (casi 11) y para mí cada uno es único e irrepetible. Cada sonrisa, cada gesto, cada mirada tiene algo especial… a veces los miras y piensas “madre mía, cómo se parece a su madre”, a una de mis hermanas, y se te despierta una mezcla de ternura y cuidado difícil de explicar.

A unos los veo más, a otros menos —no por falta de ganas, sino por la logística, el tiempo, la vida—, pero con todos siento una conexión muy fuerte.

Recuerdo cuando fueron llegando…

Las dos primeras fueron niñas. En mi familia siempre hemos sido muchas mujeres: mi padre solo tenía hermanas y mi madre, que siempre había querido un niño, bromeaba diciendo que era una “maldición”, que siempre estaríamos rodeadas de chicas… y soltó un “bueno… la vamos a tener que querer”. Sé que era una broma, con ese humor tan suyo, porque todos y cada uno han sido siempre profundamente queridos.

Cuando nació el primer niño, Fernando, con esa sonrisa que le ilumina la cara, fue divertidísimo. La gente por la calle felicitaba a mi madre: “¡Por fin un niño en la familia!”.

Ahora la balanza está bastante equilibrada… bueno, Coral hará que vuelva a ganar el equipo chicas, pero no pasa nada 😊

Qué bonito es compartir ratos con ellos.

Esa manera que tienen de mirarte, de hacerte sentir especial. Quieren enseñarte sus cosas, contarte sus primeros amores, construir algo contigo, hacer una manualidad… y tú estás ahí, compartiendo.

Y yo disfruto.

Saboreo cada momento, porque sé que es especial, único… nuestro.

Y pienso también en quienes no tenéis sobris. Sé que puede ser doloroso si os gustan los niños tanto como a mí. Pero siempre hay formas: ser “tía postiza” del hijo de una amiga, implicarte como voluntaria en una ONG… el cariño no entiende de etiquetas.

Yo, de momento… con 11 tengo más que suficiente 😉




Mis padres...

Mis padres…

Y sobre todo mi madre.

Siempre está ahí. Sabe lo que sientes, lo que piensas, sin palabras, sin necesidad de explicar nada.

Me encanta su gran corazón, su capacidad de superación, su resiliencia, su sentido del humor y su manera de ver la vida.

Ella siempre ha sido un pilar para la familia… muchas veces en silencio. Sostiene, observa, se da cuenta de todo. Te compra lo que necesitas sin tener que pedirlo, porque ella escucha tus necesidades.

Hay una faceta suya que me encanta, que me produce ternura y a la vez diversión: su inicio con las redes sociales.

Os cuento una anécdota.

Una tarde estábamos merendando mi hermana Elena y yo con ella en el Vips. Sí, Elena, la que está esperando una peque (Coral). Empezamos a hablar de música y le dijimos: —Ahora que tienes móvil, puedes escuchar música desde ahí… mira, instálate Spotify.

Y ella respondió: —¿El Putify?

Nos dio un ataque de risa monumental. Intentábamos explicárselo, pero no podíamos parar de reír.

—Nooo, Spotify…

Pero no terminaba de entenderlo. Fue un momento épico.

Ahora es toda una crack: manda WhatsApp, audios, ve recetas en YouTube y hasta sus partidos de tenis. Pero esos inicios quedarán grabados para siempre en nuestra memoria como una gran anécdota familiar.

Y es que, además de la tecnología, se añadía el inglés… cóctel perfecto.

Otro día, recuerdo que estábamos en casa de mi hermana Elena y de mi cuñado Perico —con quien tengo una gran conexión— y mi madre dijo: —Pericooo, tráete el baile con el café.

Nosotras:

—¿El baile?

Se refería a un Baileys. Desde entonces, cada vez que tomamos café, decimos: el cafetito… y un baile.

Y mi padre…

Ahora está con Alzheimer. Es una situación nueva, que a veces me supera. Es ver a la persona que siempre ha estado a tu lado, fuerte, sin dudas, convertida en un niño. Un niño que juega, te tantea, te reta.

Y tú, como hija, dudas qué papel tomar: a veces eres su hija, otras te conviertes un poquito en su madre, sobre todo cuando entra en bucle y hay que regañarle.

Por eso esta entrada es un homenaje y un reconocimiento a estas dos figuras que siempre han sido y siempre serán un pilar fundamental en mi vida.

Y os cuento un pequeño secreto: en Reyes, todos los años, mi madre me escribe una carta. Sí, en un trozo de folio. Y yo las conservo todas.

Para mí, ese es mi verdadero regalo de Reyes.

Gracias, mami. 🤍




Mi otra hermana...

Antes os hablaba de mis hermanas, biológicamente hablando…

pero ¿y esas “hermanas”, esa familia que, sin ser nada, se convierte en algo… en todo?

Vosotros me entendéis, ¿no?

Hablo de las amigas.

Tengo la suerte de tener buenas amigas. De esas con las que sabes que puedes contar en cualquier momento y a cualquier hora del día. Con las que puedes compartir un vinito… o una mudanza. Y hasta una borrachera 🥴.

Amigas que te sostienen, que no te dejan sola, con las que puedes ser tú sin filtros, sin miedo. Que, si estás pasando una mala racha, se acercan a tu casa solo para darse un paseíto contigo.

Pues una de ellas es Tere.

Que más que amiga, se ha convertido en hermana… otra hermana más, como ella dice.

La quiero mucho. No la veo tanto como me gustaría, pero sé que está ahí. Y eso basta.

La conocí gracias a una actividad a la que me apunté al azar. Tras una pregunta mía, una observación suya… y un pequeño recelo por mi parte, nos hicimos grandes amigas.

Os cuento la anécdota.

Una mañana, hace ya bastante tiempo, tomé una de las mejores decisiones de mi vida: me apunté con un grupo a visitar la Fábrica de Moneda y Timbre. Me interesaba saber cómo se hacía el dinero… ya sabéis que soy inquieta y me encanta aprender cómo se hacen las cosas.

Empezó la actividad. No nos conocíamos ninguno, ni sabíamos a qué nos dedicábamos. Éramos completos desconocidos compartiendo una experiencia nueva.

Nos explicaban las máquinas, los protocolos, la rutina diaria… y en un momento dado yo dije: —Me encantaría saber cómo y dónde se hace el dinero.

Y ella respondió: —Pues yo acabo de hacer un curso de falsificación de monedas.

Silencio.

Mi cara tuvo que ser un poema. Siempre se ríe recordando cómo la miré, como diciendo:

“¿Pero… de dónde ha salido esta?”

Gracias a esa pregunta y a mi cara de susto, se me acercó y me dijo bajito: —Soy poli.

Ahí lo entendí todo. No estaba delante de una ladrona 😅.

Empezamos a hablar y descubrimos que teníamos muchísimo en común: formas de ver la vida, gustos, prioridades… Y así, quedada tras quedada, nos hicimos grandes amigas.

Muchas veces me paro a pensar cómo habría sido mi vida si no la hubiera conocido. Y tengo clarísimo que, desde que llegó, ha sido una persona muy importante para mí.

Nunca olvidaré cuando mi abuela estaba muy malita y yo no tenía ganas de salir. Siempre he tenido una conexión muy especial con mi abueli…

Tere venía a mi barrio, a dar una vuelta, a que me diera el aire. Sin prisas, sin forzar. Simplemente estando.

Por eso os animo a que, si tenéis a alguien así en vuestra vida —o si sois ese apoyo para alguien—, se lo agradezcáis de alguna manera.

Porque eso es un tesoro.

Un tesoro en la tierra.



Ellas... mis hermanas

Tras 56 entradas, hoy os quería hablar de alguien muy especial… mis hermanas. Ya era hora de que tuvieran su momento de protagonismo. 😄

Aunque, para ser honesta conmigo misma, en algunos de mis artículos han aparecido tímidamente… asomando un poquito la cabecita.

Yo, soy la mayor y no tengo hijos… pero tengo 10 (casi 11) sobris. Luego está mi hermana María, con 5 hijos, y tengo la suerte de ser madrina del mayor. Bego tiene 3; sus dos chicas son las mayores de todos los sobrinos. Lauri 2 hijas con las que tengo mucha complicidad y cercanía… viven al lado, y eso suma. Y para terminar, Elena, que está esperando una niña para abril, el mejor regalo de este año, que intuyo será muy especial.

Lo bonito de tener hermanas es que hay complicidad en cada gesto, en cada mirada. Podemos estar riéndonos de algo absurdo o apoyándonos en los momentos difíciles sin necesidad de muchas palabras, y eso me encanta.

A veces me sorprendo recordando cosas de nuestra infancia: las peleas por ser la "primer" en la ducha, quién le tocaba dar el bibe a la peque, las risas por tonterías que solo nos hacían gracia a nosotras… ¡y las innumerables partidas de Continental en la Playa de Cádiz!

Así que hoy les dedico estas líneas: por ser quienes son, por compartir momentos, risas y a veces situaciones duras, pero que, estando juntas, te hacen sentir acompañada.

Y, como siempre, os dejo con una reflexión: no hace falta esperar a grandes ocasiones para valorar a quienes queremos… a veces basta con un café, una carcajada compartida o recordar juntos algo que nos hizo felices.

Yo sigo aquí, contándoos mis historias… y hoy, un poquito de ellas.





3 de febrero de 2026

Un café y una pantalla en blanco

¡Hola a todos!! …Me he preparado un café… la pantalla en blanco y aquí me tenéis escribiendo otra entrada… 

Últimamente me he dado cuenta de algo curioso: mis artículos son más cortos que antes, pero siento que transmiten algo distinto…

Me gusta escribiros como quien se sienta a tomar algo contigo, con vosotros y compartir lo que siento, lo que me llama la atención o lo que me hace sonreír, pensar o emocionarme... Antes quizá escribía más desde la reflexión de una idea aprendida, asimilada… y ahora siento que me centro más en compartir.

No siempre tengo un tema claro. A veces solo tengo una sensación, una frase que me ha acompañado en mi día. Y con eso basta.

Me hace gracia pensar que hay un mundo invisible ahí fuera, conectado con mis palabras. Y me encanta… 

Y yo sigo aquí, escribiendo, contando, imaginando…

¿Quién sabe? Tal vez uno de vosotros se convierta en mi admirador secreto favorito. 😉


Palabras que salen solas...

Es curioso… ayer, revisando el blog y pensando en cómo podría mejorarlo, me di cuenta de que es posible hablar de cualquier cosa desde un enfoque distinto.

Se puede poner ironía, humor, calidez… ¡y hasta poesía!… a un mismo tema.

Pero sí que os cuento que cada artículo sale solo. No lo fuerzo… aprovecho alguna enseñanza del día a día, o una frase que me viene a la cabeza… y la escribo.

Las palabras llegan solas, y yo no hago más que plasmarlas en el papel (bueno, en la web).y así, poco a poco, siento que me vais conociendo, que comparto mi vida, mis ilusiones y hasta alguna de mis locuras.

A veces, como ayer, que estaba más sensible, me sale un artículo más íntimo. Pero en todos me gusta que encontremos algún punto de reflexión o de mejora.

Bueno, yo sigo aquí. Si queréis acompañarme… por mí, perfecto!!!. ☺️

¡!Hasta prontito!!.




Ayer me comía el mundo..y hoy el mundo me come a mí

Ayer me comía el mundo… y hoy el mundo me come a mí.

Hay días en los que te sientes pequeña, sensible, y todo parece costar más.

No es por nada especial… son días en los que simplemente te levantas así.

¿Qué hay que hacer? Nada. No juzgarte, no compararte, no tomar grandes decisiones… porque el mundo no ha cambiado, solo cambia la forma en que lo percibes. 

Aprovecha para dar un paseo tranquilo, sentir el viento en la cara, ponerte una canción que te motive,  sumergirte en un libro interesante...o tomarte un sundae con extra de chocolate. 🍫 

Y mañana… quizás te reirás de que ayer tuviste un día raro. Pero hoy…hoy solamente respira.