4 de febrero de 2026

Hola Bárbara!!

Suena el despertador… esa melodía que te arranca de los sueños más profundos.

Y pienso: cinco minutitos más, por favor.

Soy muy dormilona, lo reconozco… pero no. Toca levantarse.

Empiezo la rutina diaria: ventilar la cama, ducha, preparar el desayuno, coger la comida…

Y de pronto me acuerdo: hoy viene la quimio del hospital.

Desde la pandemia nos traen a casa la quimio que necesita mi padre (también tiene leucemia, el pobre). Pero hoy además es lunes, y los lunes viene Bárbara: le ducha y le acompaña al Centro de Día.

Sigo con mis cosas, voy con prisa porque ya me parece tarde…

Y suena el telefonillo.

Contesto con cariño, con cercanía, como todos los lunes, sin pensarlo: —¡Hola, Bárbara!

Pero oigo una voz que responde: —No… no soy Bárbara.

Ups.

Le digo que suba, me disculpo. Se ríe.

Era el chico de la quimio, que me dice: —No pasa nada, nunca me han saludado así.

Más risas. Le doy las gracias por traerla. Se va.

Mi madre y yo, a carcajadas.

Al rato suena otra vez el telefonillo.

Esta vez ya no me atrevo ni a contestar…

Pero sí, ahora sí: es Bárbara.

Se lo contamos. Más risas aún.

Y desde ese día se ha quedado como una broma cercana, muy nuestra.

Nuestro “Hola Bárbara!!”.




Las amistades que llegan para quedarse

Hay amistades que van creciendo poco a poco, casi sin darte cuenta, día a día... llegan despacio, un día cualquiera, casi al azar… pero tú sabes que se van a quedar.

Se van colando en tu vida sin hacer ruido y, cuando miras atrás, ya forman parte de ella. 

Amigas con las que sientes una conexión enorme aunque haga poco que os conozcáis. Porque habéis compartido tanto —y tan intenso, tan auténtico— que se vuelven importantes muy rápido.

Son apoyo. Y tú sientes que también lo eres para ellas.

Tu día ya no es igual sin el “buenos días, chicuelitas” de Ana, sin Elisa y su cariño y su cultura mexicana, de la que tanto aprendemos, o sin Rocío, con la que siempre hay buenos momentos, risas y confidencias.

Son esas personas que con una mirada te entienden. Con las que puedes ser tú. Meter la pata. Equivocarte. Y no pasa nada. Solo risas, más risas, aceptación mutua y anécdotas compartidas.

Os cuento algo.

Era mi cumpleaños. No me gusta ser la protagonista, pero sí me encanta juntar a mis amigas. Y este año me apetecía mucho compartirlo con ellas.

Pero el día empezó raro. Nevaba a ratos, dos venían en coche y yo no dejaba de preocuparme por el estado de las carreteras. Empezaron los mensajes, las dudas, el “¿por favor, decidme si la carretera está bien?”.

Y entonces mi madre estaba enfadada. Cansada. Harta.

Yo creo que superada por la situación que vivimos en casa. Y saltó. Me dijo: “Llevas toda la mañana pendiente del móvil y yo no puedo más”.

Y ahí me agobié. Tenía razón.

Yo quería seguir con el plan por ellas, no fallar, no echarme atrás… pero también veía que mi madre me necesitaba.

Y sin buscarlo, todo se recolocó.

Como no nos decidíamos esperando a las del coche, se fue haciendo tarde. Cada una tenía que organizar la comida en su casa y el plan pasó a la tarde: un margarita de mango en un sitio especial y bonito, y luego otra actividad a la que nos habíamos apuntado con un organizador que hace planes muy chulos.

Cuando llegué, pedí perdón.

Perdón por el caos, por los mensajes, por la desorganización.

Y Ana me dijo:

“Ni se te ocurra pedir perdón. Y menos por eso.”

Y ahí lo vi claro.

Ahí es donde están las buenas amigas. Las que, aunque no estén todos los días, te sostienen. Te ayudan. Te consuelan. Y hasta con una sonrisa te dicen: “Por ahí no, Patri.”

Gracias, gracias y gracias.

Vosotras sabéis quiénes sois. Me he permitido dar vuestros nombres solo para que podáis poner nombre —no cara— a esas amigas que, en mi vida, se están convirtiendo en imprescindibles.




Mis sobris...

Otra parte muy importante de mi vida son mis sobris.

Me encanta rodearme de ellos, compartir momentos, risas, juegos…

Tengo 10 (casi 11) y para mí cada uno es único e irrepetible. Cada sonrisa, cada gesto, cada mirada tiene algo especial… a veces los miras y piensas “madre mía, cómo se parece a su madre”, a una de mis hermanas, y se te despierta una mezcla de ternura y cuidado difícil de explicar.

A unos los veo más, a otros menos —no por falta de ganas, sino por la logística, el tiempo, la vida—, pero con todos siento una conexión muy fuerte.

Recuerdo cuando fueron llegando…

Las dos primeras fueron niñas. En mi familia siempre hemos sido muchas mujeres: mi padre solo tenía hermanas y mi madre, que siempre había querido un niño, bromeaba diciendo que era una “maldición”, que siempre estaríamos rodeadas de chicas… y soltó un “bueno… la vamos a tener que querer”. Sé que era una broma, con ese humor tan suyo, porque todos y cada uno han sido siempre profundamente queridos.

Cuando nació el primer niño, Fernando, con esa sonrisa que le ilumina la cara, fue divertidísimo. La gente por la calle felicitaba a mi madre: “¡Por fin un niño en la familia!”.

Ahora la balanza está bastante equilibrada… bueno, Coral hará que vuelva a ganar el equipo chicas, pero no pasa nada 😊

Qué bonito es compartir ratos con ellos.

Esa manera que tienen de mirarte, de hacerte sentir especial. Quieren enseñarte sus cosas, contarte sus primeros amores, construir algo contigo, hacer una manualidad… y tú estás ahí, compartiendo.

Y yo disfruto.

Saboreo cada momento, porque sé que es especial, único… nuestro.

Y pienso también en quienes no tenéis sobris. Sé que puede ser doloroso si os gustan los niños tanto como a mí. Pero siempre hay formas: ser “tía postiza” del hijo de una amiga, implicarte como voluntaria en una ONG… el cariño no entiende de etiquetas.

Yo, de momento… con 11 tengo más que suficiente 😉




Mis padres...

Mis padres…

Y sobre todo mi madre.

Siempre está ahí. Sabe lo que sientes, lo que piensas, sin palabras, sin necesidad de explicar nada.

Me encanta su gran corazón, su capacidad de superación, su resiliencia, su sentido del humor y su manera de ver la vida.

Ella siempre ha sido un pilar para la familia… muchas veces en silencio. Sostiene, observa, se da cuenta de todo. Te compra lo que necesitas sin tener que pedirlo, porque ella escucha tus necesidades.

Hay una faceta suya que me encanta, que me produce ternura y a la vez diversión: su inicio con las redes sociales.

Os cuento una anécdota.

Una tarde estábamos merendando mi hermana Elena y yo con ella en el Vips. Sí, Elena, la que está esperando una peque (Coral). Empezamos a hablar de música y le dijimos: —Ahora que tienes móvil, puedes escuchar música desde ahí… mira, instálate Spotify.

Y ella respondió: —¿El Putify?

Nos dio un ataque de risa monumental. Intentábamos explicárselo, pero no podíamos parar de reír.

—Nooo, Spotify…

Pero no terminaba de entenderlo. Fue un momento épico.

Ahora es toda una crack: manda WhatsApp, audios, ve recetas en YouTube y hasta sus partidos de tenis. Pero esos inicios quedarán grabados para siempre en nuestra memoria como una gran anécdota familiar.

Y es que, además de la tecnología, se añadía el inglés… cóctel perfecto.

Otro día, recuerdo que estábamos en casa de mi hermana Elena y de mi cuñado Perico —con quien tengo una gran conexión— y mi madre dijo: —Pericooo, tráete el baile con el café.

Nosotras:

—¿El baile?

Se refería a un Baileys. Desde entonces, cada vez que tomamos café, decimos: el cafetito… y un baile.

Y mi padre…

Ahora está con Alzheimer. Es una situación nueva, que a veces me supera. Es ver a la persona que siempre ha estado a tu lado, fuerte, sin dudas, convertida en un niño. Un niño que juega, te tantea, te reta.

Y tú, como hija, dudas qué papel tomar: a veces eres su hija, otras te conviertes un poquito en su madre, sobre todo cuando entra en bucle y hay que regañarle.

Por eso esta entrada es un homenaje y un reconocimiento a estas dos figuras que siempre han sido y siempre serán un pilar fundamental en mi vida.

Y os cuento un pequeño secreto: en Reyes, todos los años, mi madre me escribe una carta. Sí, en un trozo de folio. Y yo las conservo todas.

Para mí, ese es mi verdadero regalo de Reyes.

Gracias, mami. 🤍




Mi otra hermana...

Antes os hablaba de mis hermanas, biológicamente hablando…

pero ¿y esas “hermanas”, esa familia que, sin ser nada, se convierte en algo… en todo?

Vosotros me entendéis, ¿no?

Hablo de las amigas.

Tengo la suerte de tener buenas amigas. De esas con las que sabes que puedes contar en cualquier momento y a cualquier hora del día. Con las que puedes compartir un vinito… o una mudanza. Y hasta una borrachera 🥴.

Amigas que te sostienen, que no te dejan sola, con las que puedes ser tú sin filtros, sin miedo. Que, si estás pasando una mala racha, se acercan a tu casa solo para darse un paseíto contigo.

Pues una de ellas es Tere.

Que más que amiga, se ha convertido en hermana… otra hermana más, como ella dice.

La quiero mucho. No la veo tanto como me gustaría, pero sé que está ahí. Y eso basta.

La conocí gracias a una actividad a la que me apunté al azar. Tras una pregunta mía, una observación suya… y un pequeño recelo por mi parte, nos hicimos grandes amigas.

Os cuento la anécdota.

Una mañana, hace ya bastante tiempo, tomé una de las mejores decisiones de mi vida: me apunté con un grupo a visitar la Fábrica de Moneda y Timbre. Me interesaba saber cómo se hacía el dinero… ya sabéis que soy inquieta y me encanta aprender cómo se hacen las cosas.

Empezó la actividad. No nos conocíamos ninguno, ni sabíamos a qué nos dedicábamos. Éramos completos desconocidos compartiendo una experiencia nueva.

Nos explicaban las máquinas, los protocolos, la rutina diaria… y en un momento dado yo dije: —Me encantaría saber cómo y dónde se hace el dinero.

Y ella respondió: —Pues yo acabo de hacer un curso de falsificación de monedas.

Silencio.

Mi cara tuvo que ser un poema. Siempre se ríe recordando cómo la miré, como diciendo:

“¿Pero… de dónde ha salido esta?”

Gracias a esa pregunta y a mi cara de susto, se me acercó y me dijo bajito: —Soy poli.

Ahí lo entendí todo. No estaba delante de una ladrona 😅.

Empezamos a hablar y descubrimos que teníamos muchísimo en común: formas de ver la vida, gustos, prioridades… Y así, quedada tras quedada, nos hicimos grandes amigas.

Muchas veces me paro a pensar cómo habría sido mi vida si no la hubiera conocido. Y tengo clarísimo que, desde que llegó, ha sido una persona muy importante para mí.

Nunca olvidaré cuando mi abuela estaba muy malita y yo no tenía ganas de salir. Siempre he tenido una conexión muy especial con mi abueli…

Tere venía a mi barrio, a dar una vuelta, a que me diera el aire. Sin prisas, sin forzar. Simplemente estando.

Por eso os animo a que, si tenéis a alguien así en vuestra vida —o si sois ese apoyo para alguien—, se lo agradezcáis de alguna manera.

Porque eso es un tesoro.

Un tesoro en la tierra.



Ellas... mis hermanas

Tras 56 entradas, hoy os quería hablar de alguien muy especial… mis hermanas. Ya era hora de que tuvieran su momento de protagonismo. 😄

Aunque, para ser honesta conmigo misma, en algunos de mis artículos han aparecido tímidamente… asomando un poquito la cabecita.

Yo, soy la mayor y no tengo hijos… pero tengo 10 (casi 11) sobris. Luego está mi hermana María, con 5 hijos, y tengo la suerte de ser madrina del mayor. Bego tiene 3; sus dos chicas son las mayores de todos los sobrinos. Lauri 2 hijas con las que tengo mucha complicidad y cercanía… viven al lado, y eso suma. Y para terminar, Elena, que está esperando una niña para abril, el mejor regalo de este año, que intuyo será muy especial.

Lo bonito de tener hermanas es que hay complicidad en cada gesto, en cada mirada. Podemos estar riéndonos de algo absurdo o apoyándonos en los momentos difíciles sin necesidad de muchas palabras, y eso me encanta.

A veces me sorprendo recordando cosas de nuestra infancia: las peleas por ser la "primer" en la ducha, quién le tocaba dar el bibe a la peque, las risas por tonterías que solo nos hacían gracia a nosotras… ¡y las innumerables partidas de Continental en la Playa de Cádiz!

Así que hoy les dedico estas líneas: por ser quienes son, por compartir momentos, risas y a veces situaciones duras, pero que, estando juntas, te hacen sentir acompañada.

Y, como siempre, os dejo con una reflexión: no hace falta esperar a grandes ocasiones para valorar a quienes queremos… a veces basta con un café, una carcajada compartida o recordar juntos algo que nos hizo felices.

Yo sigo aquí, contándoos mis historias… y hoy, un poquito de ellas.





3 de febrero de 2026

Un café y una pantalla en blanco

¡Hola a todos!! …Me he preparado un café… la pantalla en blanco y aquí me tenéis escribiendo otra entrada… 

Últimamente me he dado cuenta de algo curioso: mis artículos son más cortos que antes, pero siento que transmiten algo distinto…

Me gusta escribiros como quien se sienta a tomar algo contigo, con vosotros y compartir lo que siento, lo que me llama la atención o lo que me hace sonreír, pensar o emocionarme... Antes quizá escribía más desde la reflexión de una idea aprendida, asimilada… y ahora siento que me centro más en compartir.

No siempre tengo un tema claro. A veces solo tengo una sensación, una frase que me ha acompañado en mi día. Y con eso basta.

Me hace gracia pensar que hay un mundo invisible ahí fuera, conectado con mis palabras. Y me encanta… 

Y yo sigo aquí, escribiendo, contando, imaginando…

¿Quién sabe? Tal vez uno de vosotros se convierta en mi admirador secreto favorito. 😉