Hay amistades que van creciendo poco a poco, casi sin darte cuenta, día a día... llegan despacio, un día cualquiera, casi al azar… pero tú sabes que se van a quedar.
Se van colando en tu vida sin hacer ruido y, cuando miras atrás, ya forman parte de ella.
Amigas con las que sientes una conexión enorme aunque haga poco que os conozcáis. Porque habéis compartido tanto —y tan intenso, tan auténtico— que se vuelven importantes muy rápido.
Son apoyo. Y tú sientes que también lo eres para ellas.
Tu día ya no es igual sin el “buenos días, chicuelitas” de Ana, sin Elisa y su cariño y su cultura mexicana, de la que tanto aprendemos, o sin Rocío, con la que siempre hay buenos momentos, risas y confidencias.
Son esas personas que con una mirada te entienden. Con las que puedes ser tú. Meter la pata. Equivocarte. Y no pasa nada. Solo risas, más risas, aceptación mutua y anécdotas compartidas.
Os cuento algo.
Era mi cumpleaños. No me gusta ser la protagonista, pero sí me encanta juntar a mis amigas. Y este año me apetecía mucho compartirlo con ellas.
Pero el día empezó raro. Nevaba a ratos, dos venían en coche y yo no dejaba de preocuparme por el estado de las carreteras. Empezaron los mensajes, las dudas, el “¿por favor, decidme si la carretera está bien?”.
Y entonces mi madre estaba enfadada. Cansada. Harta.
Yo creo que superada por la situación que vivimos en casa. Y saltó. Me dijo: “Llevas toda la mañana pendiente del móvil y yo no puedo más”.
Y ahí me agobié. Tenía razón.
Yo quería seguir con el plan por ellas, no fallar, no echarme atrás… pero también veía que mi madre me necesitaba.
Y sin buscarlo, todo se recolocó.
Como no nos decidíamos esperando a las del coche, se fue haciendo tarde. Cada una tenía que organizar la comida en su casa y el plan pasó a la tarde: un margarita de mango en un sitio especial y bonito, y luego otra actividad a la que nos habíamos apuntado con un organizador que hace planes muy chulos.
Cuando llegué, pedí perdón.
Perdón por el caos, por los mensajes, por la desorganización.
Y Ana me dijo:
“Ni se te ocurra pedir perdón. Y menos por eso.”
Y ahí lo vi claro.
Ahí es donde están las buenas amigas. Las que, aunque no estén todos los días, te sostienen. Te ayudan. Te consuelan. Y hasta con una sonrisa te dicen: “Por ahí no, Patri.”
Gracias, gracias y gracias.
Vosotras sabéis quiénes sois. Me he permitido dar vuestros nombres solo para que podáis poner nombre —no cara— a esas amigas que, en mi vida, se están convirtiendo en imprescindibles.
.png)
No hay comentarios:
Publicar un comentario