Suena el despertador… esa melodía que te arranca de los sueños más profundos.
Y pienso: cinco minutitos más, por favor.
Soy muy dormilona, lo reconozco… pero no. Toca levantarse.
Empiezo la rutina diaria: ventilar la cama, ducha, preparar el desayuno, coger la comida…
Y de pronto me acuerdo: hoy viene la quimio del hospital.
Desde la pandemia nos traen a casa la quimio que necesita mi padre (también tiene leucemia, el pobre). Pero hoy además es lunes, y los lunes viene Bárbara: le ducha y le acompaña al Centro de Día.
Sigo con mis cosas, voy con prisa porque ya me parece tarde…
Y suena el telefonillo.
Contesto con cariño, con cercanía, como todos los lunes, sin pensarlo: —¡Hola, Bárbara!
Pero oigo una voz que responde: —No… no soy Bárbara.
Ups.
Le digo que suba, me disculpo. Se ríe.
Era el chico de la quimio, que me dice: —No pasa nada, nunca me han saludado así.
Más risas. Le doy las gracias por traerla. Se va.
Mi madre y yo, a carcajadas.
Al rato suena otra vez el telefonillo.
Esta vez ya no me atrevo ni a contestar…
Pero sí, ahora sí: es Bárbara.
Se lo contamos. Más risas aún.
Y desde ese día se ha quedado como una broma cercana, muy nuestra.
Nuestro “Hola Bárbara!!”.

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