4 de febrero de 2026

Viajar te hace más grande

Cuántas entradas de mi blog hablan de viajes, de estaciones, de experiencias viajando… pero nunca me había detenido a pensar en la importancia de que viajar te hace mejor: te hace valorar lo que tienes, te hace superarte y te permite vivir experiencias nuevas que quizás antes ni te habías planteado.

Yo veo los viajes como mirar la vida a través de la cámara y dejar que la gente que los habita te cuente su historia: qué les gusta, qué sueñan, cómo viven.

Recuerdo mil y un detalles de superación en mis viajes:

*Cambridge: allí todo el mundo se movía en bici. Hacía años que yo no montaba, pero tras alguna caída que otra, logré coger la bici todos los días… ¡y además me gustaba!

Y los Pipis (sí, lo recuerdo con horror): la limpieza a veces brilla por su ausencia, así que fui a una tienda y, con mi inglés del cole, conseguí comprarme una buena loción para acabar con esos bichitos que odio.

*Egipto: cruzar la calle era todo un reto; sin semáforos y con el tráfico que hay, ¡una auténtica locura!

I*ndia: fuimos un poco locas; al llegar al hotel, decidimos coger el metro solas y explorar el centro de la ciudad.

*Venecia: llegamos tarde y estaba oscuro; encima no encontrábamos nuestro hotel. Decidimos que, aunque tuviéramos que pasar la noche con la maleta a cuestas, dormiríamos calentitas… ¡y lo hicimos!

*Marrakech: en lugar de quedarnos en el hotel mientras las demás se arreglaban, nos fuimos a dar una vuelta por el Zoco y aprovechar cada instante.

Podría seguir contando recuerdos durante horas, pero lo que quiero recalcar es esto: viajar nos abre el mundo y nos brinda muchos caminos de superación.

Y vosotros, ¿dejáis que el país o el destino os sorprenda? ¿Os permitís algún pequeño reto? Contadme, yo os leo y contesto.




Valentia inesperada

A veces nosotros mismos nos ponemos trabas: límites, inseguridades que nos acompañan y que no nos dejan respirar.

Y, sin embargo, en situaciones extremas —o cuando olvidamos nuestros miedos— sacamos fuerzas de no se sabe dónde y actuamos: bien, mal, regular… da igual… ¡actuamos!

Recuerdo una anécdota de pequeña. Mi madre se había ido de convivencia y nos habíamos quedado cada una en una casa distinta (Elena, que es la más peque, todavía no había nacido). Las cuatro dormíamos con una amiga de nuestra madre, pero por la tarde, a veces, íbamos a casa a recoger algo.

Ese día estaba con mi hermana Lauri; íbamos a casa y se suponía que ella se quedaba allí estudiando mientras yo asistía a mi clase de inglés.

Al llegar, veo que la puerta no estaba echada con llave. Yo era la mayor y tenía que dar seguridad, pero por dentro temblaba (soy bastante miedosa), y le pregunto:

—Lauri, ¿cómo dejamos ayer la puerta?

Ella me contesta insegura, como que no entiende, y dice: “cerrada”.

Tomo el control y le digo:

—Vale, no te asustes, pero creo que hay alguien…

Sin pensarlo y sin dejar que entrara, reviso toda la casa… rezando por no encontrarme a nadie, aunque en realidad no pensaba en eso; mi instinto era proteger a mi hermana.

Ella me esperaba fuera. Salgo y le digo:

—No hay nadie, puedes entrar…

Pero ella no quería; normal, le daba miedo.

Decidimos que se quedara en casa de la vecina y yo me marcho a mi clase de inglés.

La explicación fue muy lógica: otra hermana, Bego, se había pasado a mediodía a por unos libros y no había cerrado con llave.

Y a vosotros, ¿os ha pasado alguna situación parecida en la que hayáis dejado atrás vuestros miedos para ayudar o proteger a los demás?




Una frase para pensar...

Hoy sólo me paso por aquí para dejaros esta frase,.. no necesita explicaciones...no necesita más.... solo sentirla e intentar poner nuestro granito de arena.

"Si pintamos un pequeño trozo de blanco, ya habrá menos pared negra pero si entre todos pintamos el fragmento que nos ha correspondido al final el negro dejara de existir..." 

Jaume Sanllorente "Sonrisas de Bombay"


Salir de lo conocido...

Os cuento otra anécdota.. esta fue hace años...y con gente diferente que ya no está en mi vida, y está bien... cada uno con su camino

Estaba en una discoteca con amigas cuando se me acercó un chico. No con intención de ligar —eso lo noté enseguida—, sino con ese aire de “nos hemos visto antes, ¿verdad?”. Y yo sentía exactamente lo mismo.

Nos pusimos a hablar. Intentamos encontrar el punto en común: el colegio, amigos compartidos, algún lugar… nada. Absolutamente nada.

Lo dejamos ahí. Yo tenía claro que no buscaba nada más, y él tampoco. Aunque mis amigas no entendían muy bien ese acercamiento sin segundas intenciones

Al día siguiente bajé al metro.

Y allí estaba.

De eso nos conocíamos. Nos miramos, nos reconocimos al instante y nos reímos. Y cada uno siguió con su vida.

Y no os ha pasado eso... que cuando algo cambia, te descoloca, no sabes bien ubicarlo, definirlo, darle su espacio. O cuándo algo es distinto o te genera sensaciones o sentimientos distintos a los que estabas acostunbrada... te sientes un poco perdida, y temes quizá explorar desde ese otro lugar.

Pues creo que hay que ser valientes. Que a veces lo nuevo, lo que no es "lo de siempre" nos puede mover, descolocar . Un poquito sí.. pero puede traer cosas positivas.. sólo hay que pensar en la famosa frase: sal de tu zona de confort.

Por hoy... ahí lo dejo.



Una anécdota con Rocio

Os cuento una anécdota muy divertida que me pasó con Rocío, de la que ya os hablé en otra de las entradas.

Ya veréis.

Era su cumpleaños y habíamos quedado a comer las tres: Elisa, Rocío y yo. Estábamos tranquilas, felices, compartiendo confidencias de esas que hacen que el tiempo pase sin darte cuenta.

Pero de pronto llegó la mala noticia: a Elisa le habían puesto una reunión de teletrabajo imposible de posponer. Así que decidimos aprovechar al máximo el rato con ella y acompañarla lo más cerca posible de su casa.

Paseábamos por calles bonitas, nuevas para mí… para nosotras. Y como soy curiosa por naturaleza, le dije a Rocío: —Oye, ¿y si nos damos una vuelta por aquí?

Ella aceptó encantada.

A lo lejos vimos una estantería solitaria en mitad de la calle, llena de libros. Libros viejos, de esos que parecen estar esperando una segunda oportunidad. Nos acercamos, empezamos a cogerlos, a comentarlos… Yo ya me había guardado dos en el bolso, mientras escuchaba atentamente a mi amiga hablarme de sus libros especiales, de por qué uno de ellos había sido tan importante para ella. No me importaba nada más.

Hasta que, de repente, oigo a Rocío hablar con alguien.

Y entonces caigo en la cuenta.

Los libros no eran gratis, como habíamos creído.

El tendero estaba allí, serio, mirándonos con una mezcla de “no entiendo nada” y enfado en la cara.

Nosotras, rojas como tomates, devolviendo los libros a toda prisa, entre risas nerviosas y bromas sobre que, si acabábamos en la cárcel, al menos nos librábamos de hacer la cena de Navidad.

Esa anécdota nos acompañará siempre.

Yo suelo ser bastante observadora, me fijo en los detalles, pero ese día me dejé llevar. Quería saber por qué ese libro había sido tan especial para mi amiga, qué historia había detrás.

No ha sido la única anécdota que nos ha pasado juntas. Ya podríamos contar unas cuantas. Pero en todas hay algo en común: las risas compartidas y ese sonrojo que últimamente ha decidido instalarse en mi cara.

¿Y vosotros?

¿Tenéis ese tipo de anécdotas que, solo con recordarlas, os hacen reír a carcajadas?

Si queréis, podéis contármelas.




Hola Bárbara!!

Suena el despertador… esa melodía que te arranca de los sueños más profundos.

Y pienso: cinco minutitos más, por favor.

Soy muy dormilona, lo reconozco… pero no. Toca levantarse.

Empiezo la rutina diaria: ventilar la cama, ducha, preparar el desayuno, coger la comida…

Y de pronto me acuerdo: hoy viene la quimio del hospital.

Desde la pandemia nos traen a casa la quimio que necesita mi padre (también tiene leucemia, el pobre). Pero hoy además es lunes, y los lunes viene Bárbara: le ducha y le acompaña al Centro de Día.

Sigo con mis cosas, voy con prisa porque ya me parece tarde…

Y suena el telefonillo.

Contesto con cariño, con cercanía, como todos los lunes, sin pensarlo: —¡Hola, Bárbara!

Pero oigo una voz que responde: —No… no soy Bárbara.

Ups.

Le digo que suba, me disculpo. Se ríe.

Era el chico de la quimio, que me dice: —No pasa nada, nunca me han saludado así.

Más risas. Le doy las gracias por traerla. Se va.

Mi madre y yo, a carcajadas.

Al rato suena otra vez el telefonillo.

Esta vez ya no me atrevo ni a contestar…

Pero sí, ahora sí: es Bárbara.

Se lo contamos. Más risas aún.

Y desde ese día se ha quedado como una broma cercana, muy nuestra.

Nuestro “Hola Bárbara!!”.




Las amistades que llegan para quedarse

Hay amistades que van creciendo poco a poco, casi sin darte cuenta, día a día... llegan despacio, un día cualquiera, casi al azar… pero tú sabes que se van a quedar.

Se van colando en tu vida sin hacer ruido y, cuando miras atrás, ya forman parte de ella. 

Amigas con las que sientes una conexión enorme aunque haga poco que os conozcáis. Porque habéis compartido tanto —y tan intenso, tan auténtico— que se vuelven importantes muy rápido.

Son apoyo. Y tú sientes que también lo eres para ellas.

Tu día ya no es igual sin el “buenos días, chicuelitas” de Ana, sin Elisa y su cariño y su cultura mexicana, de la que tanto aprendemos, o sin Rocío, con la que siempre hay buenos momentos, risas y confidencias.

Son esas personas que con una mirada te entienden. Con las que puedes ser tú. Meter la pata. Equivocarte. Y no pasa nada. Solo risas, más risas, aceptación mutua y anécdotas compartidas.

Os cuento algo.

Era mi cumpleaños. No me gusta ser la protagonista, pero sí me encanta juntar a mis amigas. Y este año me apetecía mucho compartirlo con ellas.

Pero el día empezó raro. Nevaba a ratos, dos venían en coche y yo no dejaba de preocuparme por el estado de las carreteras. Empezaron los mensajes, las dudas, el “¿por favor, decidme si la carretera está bien?”.

Y entonces mi madre estaba enfadada. Cansada. Harta.

Yo creo que superada por la situación que vivimos en casa. Y saltó. Me dijo: “Llevas toda la mañana pendiente del móvil y yo no puedo más”.

Y ahí me agobié. Tenía razón.

Yo quería seguir con el plan por ellas, no fallar, no echarme atrás… pero también veía que mi madre me necesitaba.

Y sin buscarlo, todo se recolocó.

Como no nos decidíamos esperando a las del coche, se fue haciendo tarde. Cada una tenía que organizar la comida en su casa y el plan pasó a la tarde: un margarita de mango en un sitio especial y bonito, y luego otra actividad a la que nos habíamos apuntado con un organizador que hace planes muy chulos.

Cuando llegué, pedí perdón.

Perdón por el caos, por los mensajes, por la desorganización.

Y Ana me dijo:

“Ni se te ocurra pedir perdón. Y menos por eso.”

Y ahí lo vi claro.

Ahí es donde están las buenas amigas. Las que, aunque no estén todos los días, te sostienen. Te ayudan. Te consuelan. Y hasta con una sonrisa te dicen: “Por ahí no, Patri.”

Gracias, gracias y gracias.

Vosotras sabéis quiénes sois. Me he permitido dar vuestros nombres solo para que podáis poner nombre —no cara— a esas amigas que, en mi vida, se están convirtiendo en imprescindibles.