A veces nosotros mismos nos ponemos trabas: límites, inseguridades que nos acompañan y que no nos dejan respirar.
Y, sin embargo, en situaciones extremas —o cuando olvidamos nuestros miedos— sacamos fuerzas de no se sabe dónde y actuamos: bien, mal, regular… da igual… ¡actuamos!
Recuerdo una anécdota de pequeña. Mi madre se había ido de convivencia y nos habíamos quedado cada una en una casa distinta (Elena, que es la más peque, todavía no había nacido). Las cuatro dormíamos con una amiga de nuestra madre, pero por la tarde, a veces, íbamos a casa a recoger algo.
Ese día estaba con mi hermana Lauri; íbamos a casa y se suponía que ella se quedaba allí estudiando mientras yo asistía a mi clase de inglés.
Al llegar, veo que la puerta no estaba echada con llave. Yo era la mayor y tenía que dar seguridad, pero por dentro temblaba (soy bastante miedosa), y le pregunto:
—Lauri, ¿cómo dejamos ayer la puerta?
Ella me contesta insegura, como que no entiende, y dice: “cerrada”.
Tomo el control y le digo:
—Vale, no te asustes, pero creo que hay alguien…
Sin pensarlo y sin dejar que entrara, reviso toda la casa… rezando por no encontrarme a nadie, aunque en realidad no pensaba en eso; mi instinto era proteger a mi hermana.
Ella me esperaba fuera. Salgo y le digo:
—No hay nadie, puedes entrar…
Pero ella no quería; normal, le daba miedo.
Decidimos que se quedara en casa de la vecina y yo me marcho a mi clase de inglés.
La explicación fue muy lógica: otra hermana, Bego, se había pasado a mediodía a por unos libros y no había cerrado con llave.
Y a vosotros, ¿os ha pasado alguna situación parecida en la que hayáis dejado atrás vuestros miedos para ayudar o proteger a los demás?

No hay comentarios:
Publicar un comentario